Las palabras viajan con nosotros
Cuando Martina entró en la biblioteca del colegio, encontró un mapa lleno de hilos de colores. De cada continente salían líneas que terminaban junto a palabras escritas en pequeñas tarjetas. Encima había un título: «Las palabras también tienen historia».
—¿Quién ha hecho esto? —preguntó.
—La clase que está preparando la Semana de las Lenguas —respondió don Julián, el bibliotecario—. Pero faltan bastantes tarjetas. ¿Quieres ayudarnos a averiguar de dónde proceden algunas palabras?
Martina aceptó y llamó a su amigo Leo. Él eligió una tarjeta que decía ventana. Debajo aparecía una forma latina, ventus, que significaba «viento». Leo pensó que todas las palabras del castellano debían de proceder del latín de una forma tan visible. Don Julián le advirtió que el origen de las palabras podía ser más complicado: algunas se transformaban durante siglos y otras llegaban de lenguas diferentes.
El bibliotecario explicó que el castellano surgió principalmente de la evolución del latín hablado en una parte de la península ibérica. Durante mucho tiempo, las personas hablaron de maneras que fueron cambiando poco a poco. Nadie se levantó una mañana y anunció: «Hoy ya no hablamos latín; hablamos español». La transformación fue gradual, y distintas regiones desarrollaron hablas diferentes.
Leo miró otra tarjeta: luna. Esta vez reconoció enseguida la semejanza con el latín luna. También descubrieron noctem, relacionada con noche, y lactem, relacionada con leche. Martina escribió en su cuaderno que las palabras podían cambiar de sonido y de forma sin perder necesariamente su relación histórica.
En una mesa había otro grupo de tarjetas: biología, teléfono, geografía y biblioteca. Don Julián les explicó que muchas palabras de la ciencia y de la cultura se han creado usando elementos procedentes del griego, a veces llegados al español por medio del latín u otras lenguas. Bio- se relaciona con la vida; geo-, con la Tierra; y -logía, con el estudio de algo.
—Entonces, ¿nuestra lengua es una mezcla? —preguntó Leo.
—Tiene una base principal, el latín, y ha recibido muchas influencias —aclaró el bibliotecario—. Por ejemplo, numerosas palabras llegaron del árabe. Además, las lenguas siguen cambiando cuando sus hablantes necesitan nombrar ideas nuevas.
Martina se detuvo delante de un cartel dedicado a una persona llamada Elio Antonio de Nebrija. Allí leyó que en 1492 publicó la Gramática castellana. Comprendió que una gramática ayuda a describir cómo funciona una lengua; no significa que una sola persona la haya inventado. Nadie había creado de repente todas las palabras o todas las reglas que usaban los hablantes.
El mapa continuaba con una zona dedicada al español actual. Había tarjetas de España y de numerosos países americanos, como México, Colombia, Perú, Argentina y Chile. También figuraba Guinea Ecuatorial, en África. Martina observó que una misma lengua podía utilizarse a gran distancia y que las palabras y pronunciaciones no eran idénticas en todos los lugares. En una tarjeta alguien había escrito ordenador y, junto a ella, otra decía computadora.
—¿Cuál es la correcta? —preguntó.
—Las dos pueden ser adecuadas —respondió don Julián—. Las lenguas tienen variedades. Lo importante es comprendernos y respetar las maneras de hablar de otras personas.
En el rincón dedicado a España encontraron información sobre castellano, catalán, gallego, euskera y aranés, entre otras realidades lingüísticas. Martina recordó que su abuela utilizaba expresiones andaluzas que no había oído fuera de su pueblo. El bibliotecario explicó que una variedad de una lengua no es una forma inferior de hablarla. Y que, además de las lenguas orales, existen lenguas de signos con sus propias reglas, utilizadas por comunidades signantes.
Leo señaló un pequeño cartel con puntos en relieve. Era una demostración del braille, un sistema de lectura y escritura táctil. Don Julián les indicó una diferencia importante: el braille permite representar por escrito distintas lenguas; no es por sí mismo una lengua distinta.
Al terminar, los dos amigos debían escribir una conclusión para el mural. Leo propuso: «Todas las personas hablan de una manera distinta y ninguna puede entender a las demás». Martina señaló que aquella frase era exagerada. Las diferencias existían, pero también compartían muchísimas palabras y podían aprender a comprender otras formas de hablar.
Finalmente escribieron: «Las lenguas cambian, viajan y nos permiten compartir historias. Conocer su pasado nos ayuda a comprenderlas; respetar su diversidad nos ayuda a convivir». Don Julián colocó el texto bajo el mapa. Quedaban tarjetas por investigar, y eso era precisamente lo mejor: la exposición no daba por terminado el viaje de las palabras.
Texto original elaborado para esta Situación de Aprendizaje.

