El banco de las dos propuestas
La semana anterior a las vacaciones, la tutora de quinto anunció una noticia: el colegio iba a mejorar uno de los rincones del patio. Había un presupuesto pequeño, pero suficiente para colocar un banco, algunas plantas y un armario donde guardar materiales. «Antes de decidir —explicó—, quiero escuchar vuestras propuestas». El entusiasmo llenó el aula de inmediato.
Alba levantó la mano. Llevaba varios recreos pensando en un espacio para leer y conversar sin tanto ruido. Había dibujado una esquina con sombra, dos macetas grandes y un banco de madera. Yusuf, sentado al otro lado de la clase, propuso algo diferente: un rincón para juegos de mesa. Su grupo había preparado un tablero enorme y quería dejar allí fichas, dados y una caja con instrucciones. Ambas ideas eran interesantes, pero las dos necesitaban el mismo espacio.
El primer desacuerdo apareció durante la presentación. «Si ponemos las mesas, nadie podrá leer tranquilo», dijo Alba. «Y si hacemos una biblioteca, el patio parecerá una sala de espera», respondió Yusuf. Algunas personas comenzaron a hablar al mismo tiempo. Nadie escuchaba una frase completa. Candela, que había trabajado en ambos dibujos, se quedó callada. Le resultaba incómodo que dos amigos defendieran sus ideas como si solo pudiera ganar uno de ellos.
A la mañana siguiente desapareció el cartel del equipo de Alba. Estaba sujeto con dos trozos de cinta junto a la puerta de clase. Alba descubrió únicamente una marca clara en la pared. «¡Nos han quitado la propuesta!», exclamó. Miró hacia los compañeros de Yusuf y añadió: «Seguro que ha sido vuestro grupo». Yusuf frunció el ceño. «Eso no es justo. No hemos tocado nada». Durante unos segundos, un silencio tenso sustituyó a la discusión.
La tutora no decidió quién tenía razón. Pidió que separaran los hechos de las sospechas. Un hecho era que el cartel ya no estaba en la pared; una sospecha era que otro equipo lo hubiera retirado. Después les propuso tres reglas: escuchar hasta el final, preguntar antes de acusar y resumir la idea ajena antes de responder. «Podemos discrepar —añadió— sin convertir una diferencia de opinión en una pelea».
Candela abrió la conversación: «Alba, ¿te preocupa que el ruido impida leer?». «Sí. Quiero un lugar agradable para descansar un rato», contestó Alba. Luego se volvió hacia Yusuf: «¿Y vosotros necesitáis poder reuniros para jugar?». «Exactamente. Pero no buscamos hacer ruido; algunos juegos son tranquilos», explicó él. Por primera vez, cada grupo había escuchado lo que el otro deseaba de verdad.
Mientras hablaban, el conserje entró con una carpeta azul. «Buscaba a la profesora de quinto», dijo. Dentro llevaba el cartel desaparecido, algo arrugado. Lo había encontrado en el pasillo después de una corriente de aire que abrió la puerta durante la limpieza. Lo había guardado para que no se estropeara. Alba sintió que se le calentaban las mejillas. Había acusado sin pruebas a personas que no eran responsables. «Perdona, Yusuf —dijo en voz baja—. Me precipité».
Él aceptó la disculpa, pero hizo una petición: «La próxima vez, pregúntanos primero». Alba asintió. Después Candela señaló que las dos ideas compartían varias necesidades: sombra, asientos, cuidado de las plantas y un lugar para guardar objetos. ¿Por qué no construir un rincón con un banco y un pequeño armario que pudiera servir tanto para leer como para utilizar juegos tranquilos?
La propuesta nueva no resolvía todos los problemas. Quedaba por decidir cómo organizar los turnos y quién cuidaría los materiales. Por eso, escribieron un acuerdo: los lunes y miércoles se recomendaría usar el rincón para leer; los martes y jueves, para juegos de mesa; los viernes habría actividades escogidas por quienes lo utilizaran. El acuerdo no prohibía sentarse a leer otro día, pero ayudaría a que nadie acaparase el espacio.
La semana siguiente, los dos equipos presentaron el proyecto juntos. Yusuf explicó dónde guardarían las fichas; Alba mostró los dibujos del banco y la zona de lectura; Candela contó cómo habían llegado al acuerdo. La tutora observó que nadie interrumpía a nadie. Cuando terminaron, la clase aplaudió. No habían conseguido exactamente lo que cada grupo imaginó al principio, pero habían creado algo que podía servir a más personas.
A la salida, Alba encontró a Yusuf junto a la puerta. «¿Sabes? —le dijo—. Creo que lo mejor no fue decidir dónde poner el banco». Él sonrió: «Fue aprender a escucharnos». Candela, que pasaba por allí, añadió: «Y a buscar el cartel antes de buscar culpables». Los tres se echaron a reír. Al día siguiente, el banco todavía no estaba instalado; sin embargo, el rincón del patio ya había empezado a cambiar.
Texto original elaborado para esta Situación de Aprendizaje.

